Siempre algo nuevo

Acudir a los partidos de las Chivas en el Estadio Jalisco era una tradición colorida, de barrio, gastronomía urbana y presencia de un antaño glorioso en la eterna casa del Guadalajara.

La experiencia se transformaba en un ritual tradicional de familias los domingos al mediodía.

Cada dos semanas grupos de aficionados de poblaciones como Acatlán, Sayula, Arandas, Tepatitlán y Zapotlanejo viajaban en autobuses para llegar al Jalisco y cumplir con el domingo rojiblanco: desayunar birria de chivo, ahogadas en mole, lonches del Pesebre, tacos de tripa o lechón, para luego entrar al estadio para ver al chiverío.

En los juegos del Guadalajara el Jalisco latía con pulso propio y se transformaba en un escenario único para los dueños de casa y sus oponentes.

La fiesta iniciaba mucho antes de que la voz del “Chango” Almaraz anunciara a cada rojiblanco en el sonido local, incluido Benjamín Galindo, a quien llamó “Maestro”.

El ritual se trasladó a los sábados cuando Jorge Vergara se convirtió en el dueño del Rebaño y consideró que el equipo jugaría mejor en un horario nocturno, que se mantuvo por siete años.

De pronto, el sueño de Vergara de construir un recinto moderno a su equipo quedó cristalizado en 2010 con el Estadio Chivas.

El recinto fue asentado fuera de Guadalajara, en Zapopan, y al inicio tuvo resistencia de la afición.

Los precios más altos, así como la escasez de vialidades y paradas de autobús, provocaron que aficionados se la pensaran al acudir a un lugar diferente al que por años visitaron.

Al hoy Estadio Akron le costó años arraigarse, pero la modernidad fue adoptada por nuevas generaciones en parte por los más recientes títulos de las Chivas.

Hoy cumple nueve años y, aunque quizá nunca iguale el folclor del Jalisco, genera su propia tradición, zonas de reunión y hábitos de una nueva afición.

Leave a Reply